lunes, 19 de octubre de 2015

Pronto es demasiado tarde

 A veces encuentras una antigua pista, como un cabo de hilo, algo suyo que te recuerda que debe de seguir viva ahí fuera en alguna parte. Ahora eres el corazón de la manzana, lo que va quedando. Has dicho adiós tantas veces... Qué es esta ceremonia de las despedidas repetidas, los recuerdos que se pierden con el tiempo, igual que una acuarela a la intemperie.

 Besos que saben a fiesta, a inauguración de parque de atracciones, a buenas noticias. Dulce como todo lo que empieza. Siempre la misma trampa. Quieres abrazar eso que nace, te vuelcas, entregas el alma. Todo el tiempo que puedes. Y al final la pierdes.

 Entonces empiezas a refugiarte en las cosas, como antes lo hacías en su cuerpo. Y te vale una carta, un peine, tres acordes. Aprendes a conformarte. Si tu vida se parece a la muerte, te dicen, es sólo porque no sabes llevarla, estás malacostumbrado: manso y torpe como un pájaro entre rejas. Así que escupes y gritas y das patadas y rompes el espejo, lloras: alrededor quedan los restos del naufragio, algún eco perdido y esa impresión tenue de haber llegado tarde, o demasiado pronto.  

jueves, 24 de septiembre de 2015

Séptimo piso, ascensor

 Hace una semana: el ascensor se detiene entre dos plantas. Es noche cerrada. La chica lleva un abrigo de lana muy grueso, se abanica con las manos, como las damas cuando se marean, dice:

- Hace calor aquí...

- No me había dado cuenta.

- Ja.

- Oye.

- ¿Uhm?

- Puedes quitarte eso, si quieres.

- No. Creo que me lo dejaré puesto.

- Con tu permiso yo voy a sacarme la chaqueta. ¿Te importa si me quito también la camisa? Estoy empapado.

- Bueno... ¿no puedes aguantar un poco? No sé si voy a estar cómoda...

- Claro, para estar cómoda deberías quitarte ese abrigo.

- No me entiendes. Quiero decir que si tú... bueno, no te conozco de nada.

- Por algo se empieza.

- ¿No hay un botón de emergencia o lo que sea, aquí? Debe de haberlo. Para llamar a los bomberos...

- No. Éste es un modelo antiguo. Chica, estás sudando.

- Normal...

- ¿Cómo te llamas? Soy Carlos. Un placer.

- Julia. Me llaman July.

- ¿July? 

- Qué pasa.

- Tuve una novia que se llamaba así.

- Qué espléndida casualidad...

- Oye, si vamos a estar aquí encerrados mucho tiempo deberíamos racionar el oxígeno. ¿Qué tal si respiramos por turnos?

- No hablas en serio.

- En realidad no. Pero tampoco vayas a ponerte nerviosa. Hiperventilarías.

- ¿Siempre eres tan simpático?

- Sólo encerrado en un ascensor con alguien como tú.

- …

- Ahora te has puesto roja.

- Porque me estás molestando.

- ¿Te ruborizas cuando te molestan? ¿Y qué haces cuando sientes vergüenza? ¿Te pones lila?

- Eres un poco cretino.

- Intento seducirte.

- Pues vas listo. Mi perro lo haría mejor. Y tengo novio.

- Tendrías que presentármelo. A lo mejor aprendo algo.

- Te partiría la cara.

- Al perro, digo.

- Buf, qué largo se me va a hacer esto...

- Oye, siempre me he preguntado... ¿las chicas realmente guapas sabéis lo guapas que sois?

- Yo no soy tan guapa...

- Tienes razón, estaba siendo amable. ¿Sabes? Tengo un sueño recurrente...

- Sorpréndeme.

- Una chica normalita y yo entramos en un ascensor...

- Claro...

- ... y hace tanto calor que me dan ganas de apretarle las tetas.

- ¡Déjalo ya, joder! ¡Qué tío más cerdo!

- Perdón. Ha sido un lapsus. Eso venía después. Primero me sacaba la camisa.

- Cuando salga de aquí pienso denunciarte. Por acoso.

- Imposible. Soy un caballero.

- ¿En qué planeta?

- ¿Sabes? Creo que me estoy enamorando.

- ¡Que alguien abra esta puerta, por favooor!

- El nuestro es un amor de altos y bajos...

miércoles, 5 de agosto de 2015

África

 África no era un lugar, sino un estado del espíritu. El continente entero se presentaba a sus ojos como la tierra de las oportunidades, un delicioso compendio de colores y formas, en cierto sentido tal vez el más grandioso de la Tierra. Durante semanas consultó enciclopedias, trazó cientos de líneas sobre media docena de mapas que mantenía extendidos de cualquier forma sobre la cama y el suelo, o clavados con chinchetas a las cuatro paredes de su habitación, ahora invadida por completo de revistas y libros de zoología y botánica, antropología, sociología y literatura comparada. Un mes más tarde se sentía absolutamente fascinado por su idea del continente.

 La noche anterior al viaje definitivo, billete y pasaporte a punto, un pensamiento nuevo lo tomó por sorpresa: la perspectiva incómoda de haber podido imaginar su sueño. ¿Y si después de todo se engañaba? Era posible que África fuera otra cosa, algo distinto. En ese momento el interminable desfile de formas y colores, todo el maravilloso conjunto de paisajes, olores y sabores, tradiciones y costumbres, se le presentó a la mente como una fantasía. Sintió vértigo. Entonces volvió la mirada hacia los mapas que aún colgaban de las paredes y de nuevo sintió una puntada de amor en el pecho. Se disiparon las dudas. África era cierta, pensó, una verdad viva y palpitante.

 Y le esperaba con los brazos abiertos.

jueves, 9 de julio de 2015

Impasse

 Y hay de pronto una mano, la palma de una mano, la yema de unos dedos que acarician, que parecen modelar, dar forma al ser en potencia que es él todavía. Su madre es un mundo para él, el único que existe, y todo lo demás es una larga espera. Siente el calor de ella, el pálpito bajo la piel con la segura firmeza de un motor en marcha. Pero ella es algo mucho más sutil que cualquier mecanismo: para él representa un resto del Paraíso, una prolongación del dulce impasse entre el negro y el blanco, la luz y la oscuridad, el Todo y la Nada.

 A veces el enigma le asalta con la contundencia de un puñetazo en el estómago: ¿dónde estaba Todo antes de Todo? ¿Y él? Si es razonable pensar que ha llegado después- se interroga- bastantes años después que su madre y su tío, la casa y su lugar entre el resto de casas semejantes de su calle, el escándalo humano en las aceras y de nuevo la cama donde duerme y el espejo del vestíbulo y los sofás que aún delatan el olor de sus antiguos dueños, todo lo que llama suyo sin estar seguro de lo que significa esa palabra, y en fin, el vértigo del cielo sobre su cabeza y el firme de la tierra bajo él...en ese caso, ¿para quién existía todo aquello antes de él mismo? Es un misterio. No encuentra una respuesta. En secreto se sabe a salvo, algo así como a salvo, en compañía de su madre y los hermanos de su madre: como si todos ellos significaran una garantía. Pensar hasta las últimas consecuencias y hacerlo sin peligro, porque todas las dudas se diluyen como un azucarillo a pie de playa, frente a la rotunda certeza del amor de quienes le rodean.

 Dios, por otra parte, es un pensamiento que no le pertenece. Un sueño ajeno. Así que apenas participa de él, no siente que lo necesite. El enigma, si así puede llamarse, del orden secreto de las cosas y la razón de su existencia no necesita de un Creador para manifestarse y mucho menos para resolverse un día, si fuera posible.

(...)

 Hay una niña, una amiga, que para él ha empezado a desplegarse como el millar de pétalos de un ramo. La encuentra hermosa, fascinante. Está cautivado por la cadencia nueva de su cuerpo, el color de su pelo, tan rubio que por momentos da la impresión de deslizarse hacia el blanco, la sonrisa permanente y sobre todo su espíritu. La niña es un ser absolutamente libre, o eso le parece. Envidia en ella ese coraje, la gracia especial que emana de sus gestos, una facilidad para la vida buena, para la alegría, que él trata de aprehender e imita sin darse cuenta. Pero no está enamorado. Aún es demasiado pronto para eso. La relación con su amiga está hecha de momentos únicos, irrepetibles, originales por el hecho mismo de que inauguran un modo reciente, una maniera nunca imaginada de enfrentar la realidad de cada día, desconocida para él, hasta ese momento tan centrado en los objetos, en la vida como mera abstracción analizable. La niña es luz real, directa, no reflejada.


 Un día atisba sus braguitas en un cruce de piernas y sin pretenderlo su relación con ella cambia para siempre. Y es que su amiga tiene esa manera de pasar por las cosas y las personas como sin ser consciente del efecto definitivo que provoca. Así, puede salir a recibirle en bata, abandonar su ropa interior de cualquier manera sobre la cama deshecha, o dejar algo más que entreabierta la puerta del baño mientras se está duchando, como si tal cosa. Pero los años pasan y él no se siente el mismo. Ya no puede mirar a la chica a los ojos sin experimentar esa punzada de dolor feliz, de alegre contrición, y ahora se siente en la obligación de purgar un pecado cada vez que la toca, como si de algún modo estuviera traicionándola con cada visión ilícita escamoteada a los ojos de ella, con cada pensamiento turbio que le cruza la mente cuando juegan juntos.

(...)

viernes, 19 de junio de 2015

En otra parte

“Podrías decir que he perdido mi fe en la Sagrada Iglesia...que he perdido mi fe en el progreso, que no sé hacia dónde voy...”

 Hay un rumor como de olas que no se entiende en mitad de la calle, puede que esté solo en su cabeza. 

“Algunos dicen que soy un hombre perdido en un mundo echado a perder...”

 La verdad sobre todas las cosas, pero él no sabe qué sea eso. Lleva demasiado tiempo buscándose dentro, como se esculca un arcón cubierto de polvo y telarañas...

“...que he perdido mi fe en la ciencia...”

 Niñas con tirabuzones a la puerta de los colegios, peces que nadan con la boca abierta y llevan una linterna en la frente. Abismos en sombra. Claroscuro. Lluvia ácida. Pezones limpios y pálidos como un lienzo que empieza. Vida nueva y tremenda. Piel y escamas. Misterio nuclear, polvo de estrellas. Leche con chocolate.

 Al otro lado de la ventana hay un prado, una especie de piélago verdeazulado a la luz del crepúsculo...aunque puede que esté perdiendo la vista, quizá sean otros los colores, amarillo, tal vez, o rojo...

 Soy un hombre atrapado en una pieza de ámbar, llevo siglos envuelto en la piel del tiempo, eras completas. También soy la pieza misma.

 “...pero si alguna vez pierdo mi fe en ti...”

 Un nombre y una voz para sostenerlo como una nota en el aire. 

 “...para mí ya no quedará nada...”

 ¿En qué nos parecemos a esta tierra, al aire que respiramos? ¿De qué modo viajamos en la luz, y qué significan todas estas cosas a los ojos de un niño?

 ¿Y cuándo dejamos de serlo, tú y yo?

 “Si alguna vez pierdo mi fe en ti...”

 A veces es como ser un astronauta. 

 Pero no en el espacio, en otra parte.

***

*Cursivas extraídas de "If I ever lose my faith on you", Sting.